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domingo, 11 de enero de 2015

RHINOCEROS - RHINOCEROS 1968


A veces, la mayoría, es casi imposible intentar entender este mundo en el que vivimos. Lo ocurrido en París en estos días nos ha hecho llevarnos las manos a la cabeza, a nosotros los occidentales, que creemos vivir en una burbuja aislada de los problemas del mundo y que vemos el devenir del resto de la gente como el que ve una película sentado en un cómodo sofá. Como decía, nos llevamos las manos a la cabeza, que por cierto, nunca deberíamos bajar, viendo las atrocidades en nombre de dioses, ideas o simplemente poder o dinero, que se han convertido en el pan nuestro de cada día. No olvidemos, que el mismo día que la mezquindad hacía acto de presencia en la redacción de una revista, otra bomba dejaba tras de si una tragedia en Nigeria o incluso hace solo unas horas en Trípoli,  aunque eso nos coja tan lejos, que parece no salpicar. Debemos combatir los fanatismos, pero no con la intolerancia generalizada. No nos engañemos, no matan en nombre de Dios o una religión, lo hacen en nombre de sus intereses disfrazados de guerra santa. Millones de personas en el mundo, profesan la religión musulmana, en paz y armonía, lejos de esos criminales disfrazados de hombres de fe. No manipulemos ni demos alas a los intransigentes, que buscan cualquier resquicio, para poner al días, sus infames ideas, igual de peligrosas.


Mi rechazo hacía el profundo fanatismo religioso revestido de odio es absoluto, pero no entro por el redil, del que pide tolerancia a base de no ser con los demás. Al igual que muchos millones de personas, que no se sienten representados por exaltados, a los que la opinión pública, por una cosa u otra, siempre acaba dando voz y voto, y los ignorantes, convirtiendo en adalides de unas ideas, pensamientos, ideologías o creencias. ¿Cuando comprenderemos, que por encima de nacionalidades, colores de piel o lo que sea, cuando nos pinchan sangramos, y todos tenemos sangre del mismo color?. Hasta que no seamos capaces de vivir con el de al lado, sin atrincherarnos en sospechas o desconfianzas, no acabaremos con todo el absurdo que nos rodea.


Posiblemente si fuésemos capaces de centrarnos más en lo que nos une que en lo que nos separa, otro gallo nos cantaría. Por eso me gusta tanto la música, porque une a las personas, más allá de factores ajenos. Puedes encontrarte con alguien que no conoces, y al ritmo de una canción, conversar como si os hubieseis criado juntos. Al calor de una guitarra, puedes terminar encontrando refugio en gente con la que jamás hubieses imaginado compartir lo más mínimo un día, entablar amistades que pueden perdurar en el tiempo, aunque giren única y exclusivamente, alrededor de una estrofa y un estribillo. Me gusta hablar de música, porque para el tiempo, ya que este no es necesario en esos momentos, en los que cuando una batería se encarga de marcar los segundos, y un bajo de emular el latido del corazón, los relojes pueden ir directos a la basura. Me gusta bucear en viejos discos, porque no entienden de generaciones perdidas y si de encontradas. Por eso hoy os invito a viajar al 68, para dejarnos llevar por la música de Rhinoceros.

Formados en L.A. en el 67, al calor de grandes músicos, cuando Paul Rothchild y Frazier Mohawk decidieron montar un super grupo, como The Monkees o Buffalo Springfield y comenzaron a hacer audiciones, para poner al servicio de Elektra, uno de esos combos que revolucionasen el rock. Entre los elegidos, estaban gente como Danny Weiss (Iron Butterfly, Buffalo Springfield), John Finley (Jon and Lee & The Checkmates), Jerry Penrod (Iron Butterly), Michael Fonfara (The Electric Flag), Doug Hastings, John Keleihor (The Daily Flash) y Alan Gerber, que fueron los encargados de grabar este disco debut de la banda, una joya lleno de matices soul, rock de finales de los sesenta y la fuerza de un hard rock por descubrir. Ciertamente la voz de Finley es uno de los puntos fuertes, con esos matices que consigue dar a unas canciones que hablan por si solas, con el simple hecho de sonar por tus altavoces.


Me comentaba mi brother in rock, Dregenwar, que harto de tanta banda emulando viejos sonidos, había optado por perderse entre discos de aquellos días, y os aseguro que este disco debut de Rhinoceros, es uno de esos oasis donde perderse en paz y compartir con aquel que esté a tu lado. Canciones como "That time of the year" que irradia feeling a raudales, la inicial "When you say you're sorry" que emana fuerza, el ritmo soul de "Same old way" que les puede equiparar tranquilamente con cualquier banda del british rock que marcaron época en esos tiempos, para regocijo de todos. La potencia la destilan en canciones como la instrumental "Apricot Brandy". No quiero hablar de influencias, cuando ellos forman parte de esa escena, con ese sonido tan característico, que bebe del blues en canciones como "You're my girl (I don't want to discuss it)". Puro sonido rock & soul es lo que se da la mano en la intensa "I need love" que da paso al medio tiempo "I've been there" cargado de feeling por doquier.

"Belbuekus" tiene ese sonido sesentero californiano pero a su vez, las guitarras le meten muchísima garra, mucha impronta rockera, que baja hacia las reposadas "Along comes tomorrow" o "I will serenade you" donde de nuevo disfrutar de un vocalista increible, y en definitiva de una banda con una clase increible. Que verdad es, que los sesenta y los setenta, fueron una incalculable fuente de incunables, de grupos que dejaron un legado, que obligatoriamente hay que ir descubriendo, y que muchas veces, va más allá de aquellos que dejaron su impronta en nuestras mentes. Rhinoceros es otra de esas superbandas, tan necesarias, para poder seguir mirando al presente del rock.



1 comentario:

Alex Palahniuk dijo...

Rhinoceros, ni puñetera idea; aunque viendo de qué año son, la hostia tienen que ser, de eso estoy seguro. Y no debería sorprender lo de París: Europa lleva dormida más cuatro siglos respecto al Islam.

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