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viernes, 20 de enero de 2017

ULTRAMEMIA

Cerrar los ojos cuando no se quiere ver, cerrar la boca cuando no se quiere hablar, lícito, ¿cuestionable?, solo hasta el límite de las opciones personales. Intolerable, cuando nos obligan a cerrar los ojos, cuando nos quieren cerrar la boca. Vivimos en un país donde se llevan a los tribunales más delitos de enaltecimiento del terrorismo que cuando este estaba activo, donde se castiga más al que opina que al que actúa, donde la ironía y el humor se alinea junto al muro de fusilamiento del pensamiento rígido de los mediocres. Vivimos junto a una enorme pancarta de la que alguien interesadamente borró que el estricto cumplimiento de la norma es la vía más directa al fascismo. Nos consolamos tapándonos solamente el ojo que no nos interesa que vea, para no sufrir la desazón de lo propio y escupir la rabia sobre lo ajeno. Nos frotamos las manos en un lugar en el que el dolor de las víctimas se mide según el farol que alumbre su sombra, en el que igual de mezquino debería ser humillar a Irene Villa que a Pilar Manjón, aunque el peso de la ley se diluya según el interés creado. Vivimos en un país rico en lenguaje al que nos empeñamos en empobrecer, asesinando algo tan propio como la ironía. Vivimos en Ultramemia. 
"La corrección política no puede ser una mordaza para la libertad de expresión" (Cesar Strawberry)



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