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domingo, 12 de febrero de 2017

EN LA MEMORIA: BARÓN ROJO -EN UN LUGAR DE LA MARCHA

En cierto modo, podría decir que si mi camino se fundió con el del rock, fue gracias a este disco. Hasta los docentes años no sentí interés con la música, yo quería jugar al fútbol, esa era mi prioridad, como la de millones de críos. Andaba en séptimo de E.G.B. En clase había un par de chavales que ya escuchaban heavy metal y es cierto que me atraían aquellas chupas llenas de parches y aquellas portadas pegadas en la carpeta, pero lo que me llevó a comprender que no había vuelta atrás fue un día que caminaba con uno de ellos de vuelta a casa y comenzó a cantar "Hijos de Caín". Mi atracción por el rock, por el heavy metal en un primer momento, no sólo fue por la música, también por esa rebeldía, esa peligrosidad implícita, con la que me sentía identificado, ese anhelo de libertad que a veces tan solo se concibe dentro de la identificación del grupo, de ser fuerte y sentirte más fuerte aún junto a aquellos que son como tú. Y aunque las visitas a casa de otro compañero, cada vez más continuas, pasando horas escuchando los discos de Scorpions o Maiden de su hermano, hasta que conseguí reunir dinero y comprar mis primeros discos, afianzaron mi compromiso, fue aquel disco de Barón Rojo (al día siguiente de aquella vuelta a casa, me planté en el colegio con una cinta virgen para que me lo grabase), el que se convirtió en una fe de vida.


Si te pones en situación, de lo que significaba el heavy metal en aquellos días, en las que todo eran miradas de desconfianza por las pintas, marginalidad impuesta, las letras de "En un lugar de la marcha", parecían escritas para ti. Hablaban de todo aquello que sentía, pensaba y creía, en esa necesidad vital de no ser uno más, de no ser como ellos, sino como nosotros. Un disco que se abría con "Breakthoven", un grito en la cara de aquellos que se empeñaban en minimizar el rock, porque "todos se empeñan en decir que con el rock se acaba mal...". No te sentías comprendido, pero daba igual, aceptabas "El baile de los malditos", sabías lo que pensaban de ti, "...malditos sois por elegir, la senda de la rebelión, malditos sois por desear, trabajo libertad y rock...". En plena rabia, comprendías cuál era tu lugar, quienes eran tus hermanos,, aquellos con los que podías charlar horas sin conoceros, simplemente porque ambos llevabais una camiseta de alguna banda, porque éramos  los "Chicos del rock", y escuchábamos en casa aquello de "no lo entiendo, murmura su padre, es por la edad, siempre con esa música a tope, con el tiempo cambiará...", y si, muchos cambiaron, pero otros nos negamos a dejar de ser "Un caso perdido", a incorporarnos de todas, todas, al redil.

Y es que a pesar de todo, al rock nos unían "Cuerdas de acero", y nos emocionábamos, y lo seguimos haciendo cuando "ojalá el tiempo no logre romper todos las lazos que te unen al rock y tú, tormenta de truenos sin luz, eres símbolo de libertad...", y salías victorioso, a pesar de los golpes y de que muchos alrededor te recomendasen aquello de "No ver, no hablar, no oír". Veías pasar esa Harley, soñabas montar en una por carreteras sin fin, silbando la melodía de "Tras de ti", mientras el sol se refleja en el retrovisor. Llega el momento de romper con un gesto tu yugo de esclavitud, "Hijos de Caín" es ese símbolo inmortal de rebelión, de una generación que crecimos con los acordes de un sonido que muchos no abandonaremos jamás. Hay discos indiscutibles, que nadie osara bajar del altar donde se han ganado su lugar por derecho propios. Luego hay discos que se llevan tatuados en la piel, devorados en los sentidos porque no serias lo mismo sin ellos, y yo decidí exiliarme para siempre en un lugar de la marcha.

1 comentario:

Carlos dijo...

Estaba en el instituto, fue mi época heavy. Llevaba mi chupa vaquera repletas de parches de Motorhead. Este disco sonaba junto a otros muchos. Lejanos tiempos de juventud, donde las cuerdas siempre eran de acero

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