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sábado, 19 de agosto de 2017

LEFT LANE CRUISER - Claw machine wizard

Ummmmmm iNo aguanto más¡Me voy al campo a vivir!. ¿Quién no ha dicho eso alguna vez, o al menos lo ha pensado?. Me gusta la tranquilidad, los animales, a veces me toca ir a cuidar de ellos, echar de comer a las gallinas... a veces, a ratos, sin pasarse. La tranquilidad es un estado mental. ¡Venga ya!, diréis algunos, como va a ser lo mismo sentarte junto a la hierba que vivir rodeado del ritmo sincopado del tráfico rodante, de las conversaciones ajenas la mayoría sin sentido aparente. Me agobia la calma excesiva, lo reconozco. El que no lo entienda... bueno hoy no siento la necesidad de ser borde, al menos más de lo necesario. Las escapadas en busca de la paz de espíritu (que de la conciencia no se puede huir, solo actuar en consecuencia para que esta no de más problemas que los que uno sea capaz de asumir) no duran más de tres días. No es mi rollo, mi rollo es el rock, hey espera, que le estoy robando la frase a Barón Rojo, y están ahora las cosas con el entorno de la banda como para bromear aunque el cachondeo pueda ser gratis. Decía que no me veo en plan campestre, más allá que cuando enchufo los viejos discos de blues, aunque a fin de cuentas, muchos sean más urbanos que un semáforo en una avenida. Pero bueno, todos conocemos la historia, de donde le viene la casta al galgo.

viernes, 18 de agosto de 2017

FAUSTO TARANTO - El reflejo del espanto

¡Abrumado!. Me siento abrumado ante el trabajo de Fausto Taranto. Ya esa portada consigue hacerme sentir su magia, su raza, su mensaje oscuro y tan nuestro. Es solo la entrada, la maravillosa píldora que te introduce en el mundo de la banda, en sus canciones, su música y su letra. Y me siento como una especie de Alicia en el País de las Maravillas, porque este "El reflejo del espanto" es una continua espiral de emociones puestas en bandeja, en surcos, para que cada estrofa, cada nota, cada verso, cada palabra, se te adhiera a la piel. Me desprendo de mis ropajes terrenales, me confío a la suerte en una cueva del Sacromonte. Me pierdo en los ojos de la gitana mientras me preparo para el ritual al son de la música y mi espíritu se asoma mirando a La Alhambra con la esperanza de que su recuerdo perdure para siempre en mi retina, en mi memoria, como espectro de tiempos pasados, de tradiciones que perduran ocultas tras los cuadros abstractos de la modernidad, tras los pasos escondidos encondidos de los que poseen la sabiduría de los viejos secretos de antaño.

martes, 15 de agosto de 2017

YURI GAGARIN - Sea of dust

No se si será este jodido calor o las adicciones propias de las que uno se ha ido convirtiendo prisionero con el paso del tiempo, pero lo cierto es que a estas alturas de la mañana (son las 13.22 del 15 de agosto, para los que leáis esto en cualquier momento del tiempo) son ya un par de cervezas (¿o eran tres?) las que corren por mis venas mientras me siento a escribir un rato en el portátil (que buen invento, y mira que yo he sido pro PC de sobremesa toda la vida, hasta que probé el portátil. Que jodan al armatoste aquel). El caso es que mientras el ventilador se convierte en mi mejor aliado frente al caluroso levante que ha decidido volver a hacer acto de presencia, y mi garganta sobrevive a base de la espuma y el dorado líquido que el lúpulo germina, mis altavoces escupen la música de los suecos Yuri Gagarin. Los de Goteborg tomaron el nombre de uno de los héroes de la humanidad, aunque algunos lo centren únicamente en la Unión Soviética, bien por desdén, bien por oportunismo. Pero no voy a hablar de ciencia aeroespacial, de la que no tengo ni puta idea, sino de la música de estos tíos, que como el oscuro espacio que navegó el cosmonauta soviético no conoce frontera más allá de sus mentes privilegiadas.

Crónica de DOGO en Sala Milwaukee (El Puerto de Santa María)

(Crónica publicada también por el menda en Rock The Best Music). Vaya, me pongo a pensar y recuerdo que era solo un chaval, días de instituto, rebeldía, música a cada momento, el abismo a vista de retrovisor. Creo que fue en Plastic, (que tiempos aquellos en los que había música en la televisión, no realitys shows reprogramados en concursos en busca de supuesto talento) cuando me crucé por primera vez con Dogo y Los Mercenarios. Ya ha llovido desde entonces, mucho. Sus discos han quedado como parte de la leyenda del mejor rock fabricado en este país, y la sempiterna duda de cuanta gente sigue recordándolos. Dogo, personaje de la mejor farándula del rock and roll, fundador del mítico Fun Club sevillano, carne y sangre del mejor sonido canalla del sur del sur, una forma de entender la vida que muy pocos son capaces de comprender. Tras algún intento que al final no terminó de cuajar, Dogo vuelve a la carretera, y se ha buscando una banda de esas que quitan el hipo, con dos Señor No en sus filas, Xabi y Jorge, junto a Juancho (Paul Collins Beat, Bummer, The Thunderbolts...) en el bajo y un batería espectacular, Sam, que le sirven como batería sobrecargada a un Dogo con un repertorio que tira de espaldas.

viernes, 4 de agosto de 2017

LAST DROP - La gravedad


Desde que tengo capacidad de decidir según mi propio criterio, me siento honrado y orgulloso de pertenecer a la tierra que me vio nacer y eso que estáis ante un tipo que piensa que las banderas para lo único que tienen utilidad es para taparte un día que refresque o como mucho secarte las manos. Aún así, alejado mentalmente de nacionalismos rancios y de proclamas excluyentes, no te puedo explicar mi relación de amor con el sur del sur, si aunque no seas creyente no has elevado una oración y encomendando tu alma al dios Momo y a una piriñaca de caballas caleteras mientras has oteado el horizonte buscando el non plus ultra en la playa de La Caleta.  Y en esa pasión por este sur de lágrimas y sufrimiento, de lucha diaria contra los tópicos a base de lamentos y dolores de espalda, de vergüenzas ante una mantilla y una espiritualidad mal entendida, de rabia con el blues de los gitanos, de Camarón y La Paquera, de coplas para matar las penas en las noches de febrero. Hablo de arraigo y emociones, de puestas de sol castigadas por el viento de levante, de orgullo asomado a la Bahía, pero también de jamás volver la cara a lo que viene más allá del poniente.

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