miércoles, 14 de febrero de 2018

CORROSION OF CONFORMITY - No cross no crown

El fútbol y la música, para mi, que me apasionan ambos, tienen muchísimos puntos en común, que quizás muchos no vean, que vamos a hacer. Dejando a un lado toda la mierda que flota en ambos, los intereses creados, el dinero apostado principalmente en unos pocos, la desigualdad de trato. ¿Hablo de música o fútbol?, da igual, de momento puede servir para ambos. Está claro que el fútbol, deporte de masas por excelencia, se ha convertido en un negocio corrupto, en el que las desigualdades económicas convierten la competición en un despropósito ya que no todos tienen las mismas oportunidades, ni siquiera parecidas, y el espíritu de competición se ve disminuido. Como la vida mismamente. Además los intereses priman sobre lo deportivo, lo vemos en una élite de futbolistas que a veces son protagonistas por situaciones que no tienen nada que ver con el balón. Pero cuando todo eso queda a un lado y todo se resumen a un puñado de personas en una grada defendiendo unos colores, vuelve la pasión y lo demás queda relegado a un segundo plano. Escuchar rugir un estadio entero, celebrar un gol como si te fuera la vida es algo difícil de entender y casi imposible de explicar. Como pasa con ese sentimiento de dependencia que sentimos ante la música, ante ese riff venerable, esa fuerza interior que renace ante una canción, frente al sonido de esa banda que amamos por encima de todas las cosas.


No voy a decir que ame a C.O.C. sobre todas las cosas, más que nada, porque mi altar politeísta está a rebosar de guitarras crujientes, de melodías tatuadas de forma intravenosa, de rock and roll actitud como remedio contra la ruina que algunos nos quieren perpetuar de por vida. Pero me da la puta vida cuando Peeper Keenan y Reed Mullin deciden regalarnos una lluvia de cobalto a base de riffs radioactivos y ritmos de batería mas contundentes que un enfrentamiento entre tanques nazis y soviéticos en plena Segunda Guerra Mundial. Comentar a estas alturas aquello de "estos tipos saben lo que se hacen" no es más que una puta gilipollada que queda muy bien, porque es demasiado obvio cuando hablamos de una banda como esta. El inicio de "Novus Deus" te va poniendo los dientes largos imaginando lo que se te viene encima, un riff demoledor que corona a "The luddite" y su reminiscencia doom. "Cast the first stone" truena rabioso, furioso, cabreado. "No cross" nos conduce con su atmósfera pantanosa hasta la fuerza de "Wolf named crow" en el que la herencia Iommi se hace presente.

"Little man" se enreda en el terreno del southern metal. "Matre's diem" cristalina, evocadora, nos pone frente a frente con el sonido clásico de "Forgive me" deambulando por el rock 70's con un extra de fuerza como ingrediente principal. Llega la calma tensa de "Nothing left to say", ese riff marcado, ese aroma a medio camino entre cualquier pantano o la campiña donde se realizo la fotografía de la portada del primer disco de Black Sabbath. "Sacred isolation" sirve de psicodélico puente hacia el riff after riff que corona a "Old disaster" al igual que a "E.L.M." cuyo trabajo guitarrero es digno de reseñar. "No cross no crown"es un bello viaje entre tinieblas. Vuelven a coronar a su majestad el riff con "A quest to believe (a call to the void)" para finalizar este fantástico disco con "Son and daughter". Un disco brillante, como solo las grandes bandas son capaces de ofrecer.

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