martes, 31 de julio de 2018

Regresando al Ritz en el 88

Decía el otro día Pérez Reverte que no existe nada mejor que estar rodeado de un montón de libros por leer. Y otro puñado de discos por escuchar, añadiría yo. Aunque también es cierto, que las muchas de las veces uno necesita volver donde antaño, transportarte a ese lugar mágico (o doloroso, vete a saber) al que una canción te lleva. Hoy no ha sido ningún disco el que ha propiciado mi viaje, sino  un viejo dvd, y mira que no soy demasiado amante de este formato. Crecí entre VHS pero su paso al futuro me dejó en el pasado. Cuento viejas historias vividas, algunas de las que no se pueden contar en público mientras alguien presenta a la banda que va a asaltar el escenario. Cierro los ojos, tengo dieciséis años y unas ganas furibundas de morder al mundo, de arrancarle un pedazo. Abro los ojos, mi reloj me dice que aún es temprano para un bourbon con hielo así que abro la nevera mientras suenan las canciones.


El primer sorbo recorre mi garganta, pero mis sentidos están en otro lado. No es mirada perdida, es un viaje unipersonal en el tiempo. Estoy en N.Y., un lugar que aún debo visitar físicamente, pero que me conozco de memoria gracias al cine, o eso imagino. Un local atestado de gente, el peligro huele en el ambiente junto a otros olores propios de concentraciones frente a una barra de bar, frente a un escenario. Apuro mi cerveza, evitando los codazos y los empujones, siendo certero con los míos. La banda ya suena, la tensión se puede cortar con un cristal roto, el sudor sustituye a las lágrimas. Es muy fácil, cuando todo el mundo trata de satisfacerte, es muy fácil, braman desde la escena, y mi mirada se cruza cómplice con el de al lado aunque no nos hayamos visto nunca antes, es tan fácil. Nuestros brazos nos pican, estuvimos jugando con Mr. Brownstone, pero fuimos inteligentes y conseguimos escapar antes de llamar prematuramente a las puertas del cielo. Ese pelirrojo peligroso y salvaje nos da la bienvenida a la jungla y las tornas se vuelven contrarias para cantar a esa dulce niña nuestra. La música continua, fuerte, ácida, pero me toca regresar, alguna obligación terrenal se cruza en mi camino. Ha sido un gran placer regresar al Ritz en 1988, pienso mientras limpio el sudor de mi cara.

1 comentario:

ErikPV dijo...

El del Ritz del 88 es posiblemente el concierto que mejor muestra lo salvajes que eran Guns n' Roses en sus primeros años, pese a no tener incidentes que hagan pensar eso. Va más allá de eso. Con las canciones, la actitud, la imágen; tenían más que suficiente.

A mí todo eso me pilló que ni nacido estaba, pero estos tíos son una de las bandas de mi vida. Pude verlos en Barcelona hace un mes, en un formato completamente diferente, pero puedo comprender todo lo que escribes, a mí me vienen escalofríos similares al pinchar este concierto.

Un placer pasarse por aqui, después de tanto tiempo. Un saludo!

Erik