martes, 7 de agosto de 2018

Pongamos que hablo de Madrid

Canciones que recuerdan lugares... cantaban Ángeles del Infierno, y no solo canciones añadiría yo. Ando terminando de leer “Tierra de Campos” de David Trueba, libro que me recomendaron desde distintos frentes a los que debo mostrar mi gratitud a la vez que rendir merecidos honores al autor. Mientras me sumerjo en la azarosa vida del protagonista con el que me he sentido identificado en alguna que otra desventura que el tiempo, el destino o quien preferías elegir pone en tu camino. Mientras leo sus páginas junto al calor estival que aprieta con ganas estos días en mi rincón preferido de la casa para estos menesteres, en mi cabeza aparece con fuerza una y otra vez la ciudad de Madrid. Este orgulloso hijo del Sur del Sur se sigue sintiendo en parte también madrileño de adopción como reconocimiento de los años vividos en sus calles. Y me siento parte no tanto por la ciudad en si como por sus gentes, que me brindaron su cariño haciéndome sentir uno más de ellos por mucho que mi acento delatase la lejanía de mis raíces bañadas en el mar. Gente maravillosa que si los hubiese conocido en cualquier otra parte del globo no hubiese cambiado mi percepción de ellos porque se la ganaron a base de cariño y eso no se olvida,o yo al menos no lo hago.


Madrid tiene dos almas gemelas, su día, que a veces, algunas, me provocaba hastío, ese ritmo atropellado no necesario revestido de vitalidad artificial o esa imagen altanera que rápidamente desaparece en el cuerpo a cuerpo con los suyos.  Y su noche, que me enamoró al primer trago, su licencia para soñar, su desprecio por la dictadura del reloj y el calendario, y en eso tuvo mucha culpa mi barrio de Malasaña, donde a cualquier día y hora te esperaba una copa sin necesidad de algo que celebrar.  A pesar de haber elegido como título obvio el título de una canción de Sabina, mi Madrid no me sabe a su garganta cansada y su soberbia mal disimulada, mis recuerdos se diluyen en una copa junto a Kike Turmix, una cerveza junto a Rosendo o un cigarrillo de última hora sentado frente al busto de la abuela Ángeles. Mi Madrid es el de las correría nocturnas, el de los gatos pardos, las risas de madrugada, los abrazos cuando el alcohol sube por las paredes, las puertas de los bares como entradas al paraíso. En sus barras me deje los días, en sus rincones más oscuros perviven aún muchos de mis recuerdos, a veces me sorprendo riendo solo, acordándome de aquella noche o la otra. También guardo los malos recuerdos, porque si los buenos me hacen sonreír, los malos me vuelven más fuertes y además los tengo a buen recaudo en ese lugar de la mente donde ya no duelen. Las vivencias se instalan para siempre en tu interior y en el mío,  donde ocupan su lugar de honor la gente que conocí en Madrid y la locura de sus noches.

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