Domingos con Elyse


Hace bastante que las mañanas de los domingos no me saben a resaca, a recuerdos borrosos y momentos de duda. A la intranquilidad natural del movimiento difuso, a la urgencia de la revisión mental de las horas pasadas. Siempre me gustó mucho la noche, cuando se apagaban las luces pero se encendian los corazones. Las pasiones impostoras avivadas por los momentos de euforia. Los brindis al viento en barras de bar como improvisados altares en los que adorar a la santa compaña de los pecados exaltados, en una procesión de vasos vacíos en señal de penitencia. La noche, amiga y enemiga desde el principio de los tiempos, canto de sirena frente a un banco de rocas al que lanzarse de cabeza, porque mandamos a nuestros navíos a perderse sin remordimientos en ella. La noche ya no me deja la boca seca y el corazón malherido. El tiempo me ha mostrado los placeres de la claridad, a disfrutarlos con el paladar sin olvidar la oscuridad y sus incendios. Decisiones tomadas en cruce caminos siempre con la convicción de tomar la decisión correcta sin pagar ese peaje a la normalidad que algunos dicen haber abonados gustosos cuando quieren decir forzados .


Ahora las mañanas de los domingos huelen a café recién hecho, a conversacion cómplice retomada que el sueño dejó a medias. A beso de buenos días, a ronroneo de bienvenida. Taburete en la cocina, pan tostado, libro a medias, música de fondo. Sonidos que van creciendo en intensidad - de decibelios - según van avanzando las horas. En estos tiempos confusos que nos han tocado vivir, que parecen huidos de la mente de Robert McCammon y uno de sus libros. He cambiado mis recientes mañanas domingueras de cañas y tapas en los bares donde me hacen sentir como en casa por las cervezas propias mientras escucho como un ritual del que no deseo escapar de momento a Radio3 y su Toma Uno. Pero la mañana, rodeado de gatas que reclaman merecidas caricias despues de la noche, la vivo leyendo con sonidos más relajados invadiendo la quietud de las primeras horas. Hoy me refugio en Elyse Weinberg y su “Greasepaint smile” que vio la luz en este siglo nuevo aunque fuese grabado antes de acabar los sesenta, que quedan a un cuarto de hora en el  contexto del tiempo pasado pero nos parece una eternidad de días vividos. Corazones latiendo al ritmo que marcan las ásperas cuerdas de una guitarra acústica. Un joven Nils Logfren pone sus dedos al servicio de la dama del Cañón. Colaboraciones de lujo como la de Neil Young, J.D. Souther o Kenny Edwards como realeza consorte ante la voz de Elyse. 




Aparto la mirada del libro, me concentro en su voz y la dejo fluir libre por mis pensamientos mientras agarro la taza de café. Se escuchan voces en el piso superior. Termina la calma pero comienza la vida, tan necesaria que compensa tantas cosas que a veces no terminas de comprender. En unos instantes la calma se convertirá en tumulto de hormonas en plena efervescencia, de discusiones generacionales que se repiten una y otra vez en cada casa, en cada época, como una herencia que llega a veces envenenada pero al final como un regalo divino. Miro el reproductor y marca ya la última canción. A lo justo. ¡Viva la vida!.

Comentarios