Desconozco si terminaremos convirtiendo las ciudades en “no ciudades” desposeidas del urbanita que mantiene un idilio sentimental en contadas esquinas donde descansan recuerdos otrora vividos y perennes en la memoria que no en el espacio. Niños que ya no pueden jugar a la pelota porque molestan a aquellos que pasaron la noche en vela de barra en barra. Vecinos cuyas horas de descanso se ven trasgredidas por aquellos que apartan los horarios de su rutina vacacional. Las calles pierden su sonido característico de rutina diaria, de vida cotidiana para ser sustituido por el constante tintineo de las ruedas de las maletas contra la imperfección del asfalto del acerado, como el desfile de la victoria de un ejército invasor que penetra pecho henchido en su última conquista. Vendemos nuestra alma al diablo por las migajas de la temporalidad, de un turismo que oscila por modas y al que entregamos las llaves de la ciudad aún convirtiéndola en un fangal de restos etílicos por tal de no perder su visita.
La condena del sector servicios como principal puntal económico por una industria que autoridades autonómicas, estatales y europeas contribuyeron a desmantelar y que las autoridades locales nunca se han atrevido a reivindicar porque deben más sumisión al partido al que representan que a la ciudad que paga sus sueldos. Unas autoridades locales que dejan crecer la ruina siempre que no se asome a los rincones que mejor lucen en las fotografías. Barrios apuntalados que resisten el acoso, aunque vayan perdiendo la batalla a pasos agigantados cada vez que un porta llaves aparece enganchado a una ventana. No es mi pretensión demonizar el turismo pero si condenar que fuercen a la gente a concebirlo como único medio de subsistencia, porque habitualmente lleva aparejado la precariedad laboral en sus entrañas, más desde que nos convencieron que un contrato de trabajo no es un intercambio de intereses para hacernos creer que es un regalo de los dioses al que elevar plegaria cada día. Las sociedades postindustriales lograron aniquilar la conciencia de clase, pero no podemos obviar que todos hemos sido copartícipes. En el preciso momento que aceptamos que la culpa de nuestra miseria es de otros en nuestras mismas condiciones y no de quien nos explota, nos convertimos en cómplices. Una lectura recomendada para comprenderlo es “Chavs” de Owen Jones. Un futuro de ciudades dormitorios para semanas estivales y de unos ciudadanos con sueldo a primero de mes incapaces de afrontar los gastos convencionales del nivel de vida pero convencidos de ser clase media, lo afianzan a marchas forzadas con la dolorosa colaboración de los medios de comunicación. Despertar y reaccionar.


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