Apreciar el pasado como efecto de la nostalgia por ejercicio momentáneo de la memoria no tiene por qué estar reñido con el avance del progreso. Sigo “acumulando” ediciones físicas de discos y libros,probablemente por encima de mis posibilidades, pero desde hace ya tiempo he comprendido las ventajas añadidas de la música en streaming y del libro electrónico y que ambas opciones pueden convivir y complementarse sin entrar en conflictos de intereses. Y es que el tiempo pasa por mucho que nos pese, al que le pese, claro está, que aquello de cualquier tiempo pasado fue mejor depende y mucho del momento y la circunstancia e incluso del contexto en el que dicho recuerdo salga al luz y abandone el subconsciente para “materializarse” por un instante. Hace un rato paseaba por mi ciudad -que visto el panorama y como se la hemos vendido a la gentrificación, bien podía llamarme perdición- escuchando “Seventh son of a seventh son”. Hace 38 años, también, aunque si bien hoy con el móvil y unos auriculares inalámbricos iba servido, aquel día de abril de 1988 “cargaba” con mi walkman, donde residía en ese instante la cinta virgen donde había grabado antes en casa “Seventh Son of a Seventh Son” del vinilo que había comprado unos días antes aprovechando -si no fue el 11 de abril, apuesto que no más del 13- su primera escucha. Ah, y suma unas pilas de repuesto en el bolsillo para el walkman.
Aunque en la programación televisiva nacional el rock duro contaba con minutos de espacio reducido, los tenía y siempre se colaba algún videoclip y alguna aparición en el plató. Una de aquellas tardes, con la vista atenta en la tele y el dedo presto a pulsar el botón rec del reproductor de vídeo, “Can I play with madness” entraba en mi vida. A nivel mundial veía la luz un 14 de marzo de 1988, ahora mismo sería incapaz sin buscarlo cuando lo emitieron en nuestro país. Con 15 años seguramente sea muy sencillo ser impresionable pero si no lo eres a esa edad… aún así si una banda ha sabido conjugar a la perfección todos los símbolos que definen el Heavy Metal seguramente sean Iron Maiden. “Seventh son of a Seventh Son” salía en un momento complicado aunque la popularidad del Hard Rock y el Heavy Metal en los EEUU pudiese llevar a pensar lo contrario o precisamente por ello. Esta irrupción entre el gran público había alzado al estrellato a una generación de bandas que copaban su lugar dentro del rock de guitarras potentes, desde Bon Jovi hasta Metallica con todos aquellos nombres que queráis insertar en el centro. Pero aquellos grupos ya consolidados en los años anteriores corrían el riesgo de quedarse “fuera de juego”. Algunos lograban con éxito reivindicar su lugar, Whitesnake con “1987”, Kiss con “Crazy nights”, unos años más tarde Aerosmith con “Pump”. Otros o bien no consiguieron el éxito -Saxon con “Destiny” por ejemplo o la aprobación de buena parte de sus fans, como Judas Priest con “Turbo”.
Así que toda esa incertidumbre de un modo u otro sobrevolaba sobre Iron Maiden, una banda que había superado el desgaste de aquel mastodóntico “World Slavery Tour” con un disco sobresaliente como “Somewhere in time”, volvïan a afrontar un nuevo reto, demonstrates qué tenian mucho qué decir y su lugar entre los nuevo héroes. Otra fabulosa portada de Derek Riggs era la presentación en sociedad del disco una vez que por fin tuve el disco en mis manos, una ilustración a la que dedicar a conciencia tiempo para no dejar pasar ninguno de los detalles implícitos que en ella reposan. Como curiosidad de su carpeta interior, Steve Harris vestía una sudadera de Jethro Tull y yo en cuanto volví a reunir el dinero suficiente, corrí a comprar un disco de esa banda que parecía gustar a Harris. Han pasado tantos años que tratar de transcribir lo que ocurrió seria una mera utopía, pero probablemente cerrase la puerta de mi dormitorio y encendiese aquel equipo de música con doble pletina, compañero inseparable durante tantos años. Subiría el volumen y dejaría sonar “Seventh Son of a Seventh Son” las veces que hiciese falta.
“Seventh son of a Seventh Son” no es solo un disco que haya aguantado muy bien el paso del tiempo, es que además ha terminado colándose entre los preferidos de mucha gente. Los tiempos “exigían” un hit radiable y “Can I play with madness” parece hecho a conciencia con el añadido que ha terminado convirtien un clásico de la banda y un habitual en directo al igual que “The evil that men do”, plena de fuerza y poseedora de esa grandeza épica de la que Iron Maiden puede presumir. Pero el disco es mas que esas dos grandes canciones. Nos encontramos con concienzudos desarrollos que con el tiempo Harris y los suyos irían convirtiendo en líneas habituales de composición. En aquellos días el adjetivo progresivo no era habitual como compañero del Metal al menos en el vocabulario utilizado además de la facilidad con la que usamos el término cuando una canción se alarga más de la cuenta o introduce cambios de ritmos no tan habituales. Aún así, siempre he pensado que aquella sudadera de Jethro Tull no era algo fortuito.



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