Escapar, un verbo que se transforma en necesidad cuando el devenir del presente se convierte cada vez más en agente opresor del espíritu. La era de la información nos trajo libertad disfrazada con piel de cordero que devora nuestras almas a cambio de contarnos aquello que queremos escuchar siempre que convenga a sus propios intereses. Romper, más difícil de hacer que de pronunciar repetidamente como declaración de intenciones. Viajar cabalgando en tus sentidos por el camino de baldosas amarillas construido por acordes musicales como sanadora tabla de salvación. Aférrate a esos sonidos que liberan tus emociones. Lo hago, cada vez que se presenta la oportunidad y Mientras las abejas duermen me muestran esa salidas por la que correr guiado por sus canciones sin mirar atrás.
La banda de Ubrique en la Sierra de Cádiz se destapa como referente del nivel que ciertos músicos son capaces de atesorar y más difícil, de transmitir. Mientras las abejas duermen lo consiguen de manera notoria con este disco homónimo, un viaje onírico de Heavy Psych que circula desde los ritmos monolíticos del hard rock prístino y su herencia en el stoner, al siempre complicado desarrollo de las atmósferas propicias, los entresijos de los movimientos del Rock Progresivo y la herencia y reivindicación de las atmósferas propicias grandeza olvidada del nada homogéneo Rock Andaluz. “MLAD” es una travesía de casi cuarenta y cinco minutos por siete estaciones de penitencia que liberan espíritus en busca de un final soñado.
“Huellas y rumores” abre la puerta a la experiencia sensorial que MLAD proponen con el bajo como guía entre la bruma que desprende esa inquietante calma tensa que va construyendo la guitarra antes de que un profundo riff pesado corone su presencia y la voz cobre protagonismo en un intenso susurro que se abre paso conviviendo armónicamente en un campo de distorsión. “Cruz de Benalfil” es un breve y bello pasaje de minuto y poco rendido a la pleitesía de una guitarra limpia de ecos progresivos que nos conduce como buque hechizado por canto de sirenas hasta “Los hijos perdidos de Umrica”, canción de músculo inmediato ejercido por un árido y repetido riff que te mantiene tenso para desembocar en un feroz ataque de guitarra, oda al stoner más ortodoxo.
(fotografía cedida por la banda)
“Cruz del Tajo” es otro breve interludio instrumental de hechuras fronterizas que una vez cruzado desemboca en “El camino silencioso” donde mientras la guitarra construye atmósferas melódicas que remueven en mi mente recuerdos de otra gran banda de la zona, Bourbon, lúcidas preveen el empuje que se avecina en el momento que entra con fuerza, es la batería la que a cada instante propone una capa de dureza, arenosa, de sonidos pesados que se funden en el ritmo poderoso que sus compañeros acusan en una explosión cronometrada que se apodera de ella.
“La ley del cuarto ¿quién es el 67?” encabeza una parte final del disco ciertamente apabullante. Diez minutos que comienzan de manera hipnótica, para de manera abrupta estallar a base de riffs, provocando un sonido atronador que vuelve a retomar su calma psicodélica en un viaje de ida y vuelta entre furia y pausa todo ello evocando los más nítidos efluvios del Rock Andaluz. ¡Una auténtica obra maestra!. “Cruz de la Viñuela” anuncia el final, despide el disco de manera instrumental con sorpresa final de arraigo a la tierra. “MLAD” es un trabajo descomunal, una demostración de clase y talento. Mientras las abejas duermen recogen la antorcha de otras bandas gaditanas como Bourbon, Atavismo o Híbrido, reivindicando su espacio propio.


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