Mi relación con The Black Crowes ha sido a la par de apasionada por partes desigual. Su primer disco colaboró a resquebrajar mis esquemas y se situó entre aquellos siempre a venerar como antesala a aquel monumental “Southern harmony and musical companion”. Luego vinieron mis idas y venidas coincidiendo con las del sonido de la banda, mi adoración por discos criticados por muchos fans como”By your side” y es que siempre he preferido a unos Black Crowes que oliesen a bar de carretera y reivindicasen a Richards y Page que a los que trataban de emular a Grateful Dead. Luego se marcharon, episodios de controversia mediante acompañados de discos por parte de ambos hermanos cada uno a su manera y finalmente el regreso encauzado en aquel fantástico “Happiness bastards” que nos inundó de alegría y que, cosas de la vida, la mente o el espíritu, desde entonces he tenido la sensación de que nunca se fueron.
Y así en marzo, los hermanos Robinson me -espero que nos- alegran la vida de la mejor manera, como ellos saben hacer y me gusta a mi, para que engañarnos. Este “A pound of feathers” rezuma más electricidad que calma aunque ambas facetas disfruten de su correspondiente cuota. “Profane prophecy” no levanta un segundo el pie del acelerador con unas guitarras musculosas y un primer -que no será el único durante todo el disco- a los Stones. “Cruel Steak” posee un groove hipnótico gracias a esas guitarras y a la sección rítmica, se arrastra sensual como las ganas de pecar en el calor de la noche. Llega el primer tema lento, un rock sureño de altura y polvo titulado “Pharmacy chronicles” con una slide dejando destellos que adornan la fabulosa voz de Chris Robinson que te abraza como si te estuviese cantando a la luz de una hoguera.
¡Más leña!. Riff poderoso y correoso, teclado que da profundidad, directo al meollo, la fórmula de “Do the parasite!”, una canción para hacerla sonar dura en directo. “High & lonesome” me baja un poco de la nube, un medio tiempo donde el protagonismo recae en la voz de Chris aunque no hay que dejar pasar como Rich adorna la canción con ecos blues, aún así, para mi es un pequeño bajón que afortunadamente remonta con ese stonanio blues desnudo de minuto y pico llamado “Queen of the B-Sides”, una auténtica delicia. Puro rock and roll de adrenalina y estadio es lo que nos encontramos en “It’s like that”, una canción que suena como si Jack White se transformase en Keith Richards.
“Blood red regrets” suena pesado, con sonido cavernoso, una canción cuya primera impresión no fue del todo satisfactoria pero a la que he ido pillando detalles que me han llevado a cambiar de opinión respecto a ella. ¿No os suena ese riff de “You call this a good time?”, y es que en definitiva no es más que un rock and roll poderoso y directo, para no dejar de moverte mientras la música suena. “Eros blues” comienza pausada pero intensa porque la voz de Chris así lo quiere junto a esa atmósfera intranquila que construyen hasta que entra la fuerza del riff que de nuevo deja paso a unos teclados que nos conducen por páramos psicodélicos resquebrajados con entradas eléctricas que anuncian el solo de guitarra.
Cierra el disco “Doomsday doggerel”, onírico, lisérgico, de guitarras pesadas, sonido pantanoso que te conduce de la mano por un camino de baldosas amarillas que llevan al reino de Ozz. Sin dudas otro muy buen disco de The Black Crowes con momentos muy inspirados y otros no tantos pero que la suma de ambos da como resultado un disco capaz de satisfacerme.


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